
Carlos Pérez Soto y los desafíos del Marxismo
En el ambiente universitario crece el interés por las ideas del académico Carlos Pérez Soto de la Universidad Arcis, que también ha enseñado en las Universidades de Chile y Andrés Bello.
Carlos Pérez es profesor de Estado en Física y ha derivado a la filosofía y la política. Enseña Epistemología, Filosofía de la Ciencia y Método Científico. También dirige seminarios sobre Marx y Hegel e incursiona en otras áreas, siempre con ideas innovadoras. Ha publicado varios libros: “Para un concepto histórico de Ciencia” (1988), “Sobre la condición social de la Psicología” (1996) y diversos documentos de trabajo, entre los cuales provocó polémica uno publicado en 1996 “A propósito de la Biología del Conocimiento de Humberto Maturana”. Su última obra: “Para una crítica del poder burocrático; comunistas otra vez” apareció el 2001.
Asertivo, Carlos Pérez Soto expone con pasión y habilidad. Despierta admiración y afecto en sus alumnos y cierta inquietud en sus contradictores que temen su habilidad polémica.
Se queja de la ausencia de un verdadero debate intelectual en Chile. Hay capillas en que se leen a sí mismos, dice sonriente, refiriéndose a otros intelectuales que no nombra. Sabe que sus ideas llegan bien a los jóvenes, -que todos los martes a las 19 horas se reúnen a escucharlo en la Universidad Arcis- aunque está consciente que no pocos las abandonarán cuando -como remarca- “sean ‘aguatonados’ por algún viejo frustrado de los años 60”.
Pérez Soto, dice que prefiere pensar “en grande”. Para algunos izquierdistas sus ideas son molestas y confunden. Pero casi nadie se atreve a negar que son interesantes.
Usted hace planteamientos que atañen al marxismo del siglo XXI, a la Izquierda en su conjunto y la radicalidad comunista que debería erigirse en horizonte revolucionario permanente. ¿Podría explicar esas ideas?
“Visualizo tres cosas: la posibilidad de formular un marxismo para el siglo XXI, lo que pasa por abandonar el del siglo XX; me interesa la formulación de un discurso político orientado hacia el comunismo, hacia la revolución y, en tercer lugar, destaco que ese discurso político pueda encarnarse en un espíritu común y en una red que tenga temáticas y tareas políticas muy diversas.
Desde los años 80-90, especialmente, el mundo ha cambiado de manera tan radical que uno puede decir con bastante seguridad que el marxismo del siglo XX fue creado para un mundo distinto a éste. Técnicamente fue aliado para el taylorismo y el fordismo en la concepción de la gran industria imperante. No para la destotalización de la industria ni para el trabajo en red, no para las realidades que hoy imperan.
Creo, sin embargo, que en Marx se encuentran claves que permiten una elaboración del concepto de historia y de una crítica de clase contra la dominación, cuya raíz está en la explotación. Hay que recuperar la argumentación marxista y ser capaces de ligar el argumento a las realidades políticas. Necesitamos una teoría más o menos coherente y necesitamos que sea verosímil porque la gente común y corriente tiene un fuerte problema de credibilidad con el marxismo. Y lo que es peor, me parece que los propios marxistas no se convencen a sí mismos. Estamos abrumados por la derrota del siglo XX y con el hecho de haber identificado el marxismo del siglo XX con todo el marxismo. Perdimos la flexibilidad que tenían los primeros marxistas del siglo XX para ‘inventar’, guiándose más bien por la realidad que por las tradiciones doctrinarias. No olvidemos que Lenin fue un heterodoxo. El ortodoxo era Kautsky.
Pienso que la dominación actual opera a través de la diversidad. No es homogeneizadora. Mi impresión es que un sistema de producción altamente tecnológico es capaz de producir diversidad y de dominar a través de ella. De allí la figura de la ‘tolerancia represiva’, una suerte de dominación agradable. Me parece por lo mismo que la oposición a esa dominación debe aprender a luchar de manera diversificada. Sin partido único, sin ‘línea correcta’, sin revisionismo ni ortodoxia, fundada la acción en luchas locales, diversas, ligadas por un ánimo común. No necesitamos una línea común, necesitamos un espíritu común”.
Eso es bastante difícil porque también en las luchas locales hay pugnas, orientaciones distintas, ortodoxias y heterodoxias, a juicio de los mismos involucrados, que justificarían articulaciones mayores y formas de conducción más general.
“Claro, eso es efectivo, y también hay luchas locales que son contradictorias. Puede darse, por ejemplo, que los mapuche sean machistas y las feministas discriminen a los mapuche. Lo relevante es que cada una de esas luchas puedan inscribirse en un horizonte común, a fin de que esas luchas locales no se consuman como tales sino que se proyecten a un horizonte de universalidad que les dé sentido”.
Ese horizonte es el comunismo...
“La idea comunista debe ser ese horizonte. Hay que argumentar en torno a la posibilidad real, efectiva y verosímil de una revolución que supere la lucha de clases y la división del trabajo. Es preciso retomar la retórica revolucionaria desde los fundamentos que tuvieron los bolcheviques”.
¿En lucha contra el reformismo?
“No creo que exista la contradicción o la opción ineludible entre revolución o reforma. Advierto una especie de continuidad entre ambas, entre la reforma y la revolución, entre localidad y globalidad -en el mundo tecnológico- o entre el conflicto específico y el horizonte de lucha comunista. Y hablo de horizonte comunista porque el socialismo del siglo XX correspondió a la necesidad de poner al día el desarrollo de las fuerzas productivas, no más que eso. Pero el desarrollo de las fuerzas productivas no es el objetivo de la revolución.
La finalidad de ésta es la eliminación de la lucha de clases. Y, también, no olvidemos que luchamos para ser felices”.
PARAISO EN LA TIERRA
Planteado así el objetivo parece inalcanzable -contaminado con la idea religiosa del paraíso en la tierra-, por lo cual es necesario precisar su formulación.
“Sería algo inverosímil. El comunismo es una sociedad en que será posible la felicidad pero en la cual no todo el mundo va a ser feliz en el sentido habitual del término. Precisemos. El comunismo será una sociedad en la cual para ser feliz no hará falta cambiar las estructuras de la historia, en la cual la felicidad será un problema intersubjetivo, no social ni económico. El comunismo es una sociedad en que no todos sabrán todo de todo -el supuesto de la absoluta transparencia de los actos sociales- a fin de facilitar la coordinación. Habrá misterios, pero esos misterios podrán resolverse sin que se requiera cambiar las estructuras históricas.
Lo que me interesa es una idea post ilustrada del comunismo, que no esté amarrada a abstracciones como ‘la voluntad general’, ‘la felicidad general’, abriendo paso a la información, a la comunicación, a la mayor diversidad. Necesitamos que nuestras vidas no dependan del trabajo, que el tiempo que le dedicamos al trabajo socialmente obligatorio no sea significativo en el conjunto de la vida de manera que la mayor parte de nuestro tiempo sea ocupado por trabajo libre que permita humanizar el trabajo socialmente obligatorio. Lo notable de este tiempo, es que eso es ahora mismo absolutamente posible desde el punto de vista técnico. Existe la posibilidad tecnológica de crear una sociedad en que exista intercambio pero no mercado, que haya intercambio de valores no equivalentes y no necesitemos expresar todos los valores en la abstracción dinero, en que no necesitemos la reciprocidad de la equivalencia para que los valores sean legítimos. Ese posible intercambio auténticamente humano no es -repito- un problema tecnológico. Es un problema político”.
TRABAJADORES: LA FUERZA REVOLUCIONARIA
En esa visión, ¿qué papel asigna usted a los trabajadores como fuerza revolucionaria?
“Si se trata de la política concreta y no de la argumentación que lleva a esas conclusiones, pienso que la fuerza revolucionaria que puede construir el comunismo son los trabajadores y pienso que ellos no son los más pobres de la sociedad. ¿Por qué? Una revolución en el fondo no es más que toma del control de las relaciones de producción por parte de los productores directos. Y los únicos productores directos que pueden asumir el control de la división social del trabajo son los trabajadores, no los que no trabajan.
Como nunca logramos entender la cualificación progresiva del trabajador a medida que iban aumentando las técnicas y su complejidad, se inventó el idiotismo de la ‘aristocracia obrera’ y como dejamos de entender la tendencia integradora que tuvieron los obreros industriales en el siglo XX, los marxistas empezaron a razonar en función de los ‘pobres’, los ‘marginados’, los pobres del campo y la ciudad. Empezaron a desplazar el sujeto revolucionario desde los trabajadores hacia los que aparecían con el dinamismo político suficiente como para tomarse el poder, entendiendo el poder como la toma del gobierno. Agregando después a los negros, a los indígenas, a las mujeres, o sea pensando más en ámbitos de resistencia y conflicto que en la revolución. Es claro que los pobres pueden iniciar una revolución pero no hacer una revolución. Los asalariados, los trabajadores son los que pueden hacer la revolución.
Nuestro problema político es que ellos -los asalariados- no son los más pobres y por lo tanto no son los más interesados -por decirlo así- en cambiar la dominación social de manera inmediata. Pero sí esos trabajadores tienen contradicciones con el sistema que debemos reconocer y ser capaces de transformar en conductas políticas.
Otro de los idiotismos que inventó el marxismo clásico para dar cuenta de esa situación anómala: que los obreros adscribían más fácilmente a las políticas reformistas que a las revolucionarias. Fue otro idiotismo político: la ‘clase media’. Y la gente asumió el mote, diciendo ‘la clase media’ para referirse a los trabajadores. Ahora con la precarización del trabajo la barrera se ha hecho todavía más difusa. Por ejemplo, las industrias textiles se reparten en microtalleres en que cada trabajador en el fondo se explota a sí mismo y a su familia y en el fondo es hasta un capitalista, un propietario de medios de producción. Hemos llamado ‘capas medias’ a lo que no entendemos de los trabajadores. Creo que hay que hacer política revolucionaria pensando también en esas capas medias y no en los más pobres”.
¿Cuáles son esas contradicciones fundamentales a que usted alude y que pueden movilizar a los trabajadores?
“Ahí es donde tenemos que ver lo que ocurre con el consumo. Mi idea es que la satisfacción que proporciona el consumo es frustrante. En la medida que hay más consumo y en la medida que ese consumo produce más agrado, genera también frustraciones que deben ir en contra del sistema.
Creo que esa contradicción está fundada en que a su vez hay una contradicción entre estándares de vida locales y la degradación global del estandar de vida. Cada día es más fácil tener auto en una ciudad donde ya no se puede andar en auto. Cada día es más fácil ir a la playa que está cada vez más contaminada o ir al campo que tiene cada vez menos árboles. Esas contradicciones -a las que se pueden agregar muchas otras, como el agujero de la capa de ozono, la contaminación atmosférica y un interminable etcétera-, son de muy largo alcance, y no los vemos en su significado real ni las sabemos convertir en acción política.
Para algunos también es importante la falta de reconocimiento al trabajador, que aunque reciba remuneraciones relativamente satisfactorias siempre está en situación subordinada y se ve como víctima de trato desconsiderado. Eso existe, pero hay que tener cuidado con los políticos posfordistas, toyotistas, de manejo de la fuerza laboral. Los medios altamente tecnológicos requieren del compromiso subjetivo del trabajador con ellos. Los fallos laborales se traducen en pérdidas considerables. Una secretaria de una AFP no se puede equivocar al digitar una cuenta que significa 40 ó 50 millones de pesos. Las empresas tienen departamentos de personal dedicado a crear espíritu corporativo que produzca en los trabajadores la subjetividad adecuada a la intensidad tecnológica del trabajo, que es, en el hecho, también solidaridad con la empresa. Me parece que ése es un problema político esencial. Si los departamentos de personal empiezan a cooptar a los trabajadores con políticas toyotistas, los que pueden hacer la revolución van adquiriendo un compromiso subjetivo con el sistema.
En ambos casos, consumo y reconocimiento, hay que entender los fenómenos para sacar las adecuadas consecuencias políticas. Pienso que hay, en todo caso, una contradicción muy profunda entre el aumento del estandar de vida y la disminución de la calidad de vida”
HERNAN SOTO
Carlos Pérez es profesor de Estado en Física y ha derivado a la filosofía y la política. Enseña Epistemología, Filosofía de la Ciencia y Método Científico. También dirige seminarios sobre Marx y Hegel e incursiona en otras áreas, siempre con ideas innovadoras. Ha publicado varios libros: “Para un concepto histórico de Ciencia” (1988), “Sobre la condición social de la Psicología” (1996) y diversos documentos de trabajo, entre los cuales provocó polémica uno publicado en 1996 “A propósito de la Biología del Conocimiento de Humberto Maturana”. Su última obra: “Para una crítica del poder burocrático; comunistas otra vez” apareció el 2001.
Asertivo, Carlos Pérez Soto expone con pasión y habilidad. Despierta admiración y afecto en sus alumnos y cierta inquietud en sus contradictores que temen su habilidad polémica.
Se queja de la ausencia de un verdadero debate intelectual en Chile. Hay capillas en que se leen a sí mismos, dice sonriente, refiriéndose a otros intelectuales que no nombra. Sabe que sus ideas llegan bien a los jóvenes, -que todos los martes a las 19 horas se reúnen a escucharlo en la Universidad Arcis- aunque está consciente que no pocos las abandonarán cuando -como remarca- “sean ‘aguatonados’ por algún viejo frustrado de los años 60”.
Pérez Soto, dice que prefiere pensar “en grande”. Para algunos izquierdistas sus ideas son molestas y confunden. Pero casi nadie se atreve a negar que son interesantes.
Usted hace planteamientos que atañen al marxismo del siglo XXI, a la Izquierda en su conjunto y la radicalidad comunista que debería erigirse en horizonte revolucionario permanente. ¿Podría explicar esas ideas?
“Visualizo tres cosas: la posibilidad de formular un marxismo para el siglo XXI, lo que pasa por abandonar el del siglo XX; me interesa la formulación de un discurso político orientado hacia el comunismo, hacia la revolución y, en tercer lugar, destaco que ese discurso político pueda encarnarse en un espíritu común y en una red que tenga temáticas y tareas políticas muy diversas.
Desde los años 80-90, especialmente, el mundo ha cambiado de manera tan radical que uno puede decir con bastante seguridad que el marxismo del siglo XX fue creado para un mundo distinto a éste. Técnicamente fue aliado para el taylorismo y el fordismo en la concepción de la gran industria imperante. No para la destotalización de la industria ni para el trabajo en red, no para las realidades que hoy imperan.
Creo, sin embargo, que en Marx se encuentran claves que permiten una elaboración del concepto de historia y de una crítica de clase contra la dominación, cuya raíz está en la explotación. Hay que recuperar la argumentación marxista y ser capaces de ligar el argumento a las realidades políticas. Necesitamos una teoría más o menos coherente y necesitamos que sea verosímil porque la gente común y corriente tiene un fuerte problema de credibilidad con el marxismo. Y lo que es peor, me parece que los propios marxistas no se convencen a sí mismos. Estamos abrumados por la derrota del siglo XX y con el hecho de haber identificado el marxismo del siglo XX con todo el marxismo. Perdimos la flexibilidad que tenían los primeros marxistas del siglo XX para ‘inventar’, guiándose más bien por la realidad que por las tradiciones doctrinarias. No olvidemos que Lenin fue un heterodoxo. El ortodoxo era Kautsky.
Pienso que la dominación actual opera a través de la diversidad. No es homogeneizadora. Mi impresión es que un sistema de producción altamente tecnológico es capaz de producir diversidad y de dominar a través de ella. De allí la figura de la ‘tolerancia represiva’, una suerte de dominación agradable. Me parece por lo mismo que la oposición a esa dominación debe aprender a luchar de manera diversificada. Sin partido único, sin ‘línea correcta’, sin revisionismo ni ortodoxia, fundada la acción en luchas locales, diversas, ligadas por un ánimo común. No necesitamos una línea común, necesitamos un espíritu común”.
Eso es bastante difícil porque también en las luchas locales hay pugnas, orientaciones distintas, ortodoxias y heterodoxias, a juicio de los mismos involucrados, que justificarían articulaciones mayores y formas de conducción más general.
“Claro, eso es efectivo, y también hay luchas locales que son contradictorias. Puede darse, por ejemplo, que los mapuche sean machistas y las feministas discriminen a los mapuche. Lo relevante es que cada una de esas luchas puedan inscribirse en un horizonte común, a fin de que esas luchas locales no se consuman como tales sino que se proyecten a un horizonte de universalidad que les dé sentido”.
Ese horizonte es el comunismo...
“La idea comunista debe ser ese horizonte. Hay que argumentar en torno a la posibilidad real, efectiva y verosímil de una revolución que supere la lucha de clases y la división del trabajo. Es preciso retomar la retórica revolucionaria desde los fundamentos que tuvieron los bolcheviques”.
¿En lucha contra el reformismo?
“No creo que exista la contradicción o la opción ineludible entre revolución o reforma. Advierto una especie de continuidad entre ambas, entre la reforma y la revolución, entre localidad y globalidad -en el mundo tecnológico- o entre el conflicto específico y el horizonte de lucha comunista. Y hablo de horizonte comunista porque el socialismo del siglo XX correspondió a la necesidad de poner al día el desarrollo de las fuerzas productivas, no más que eso. Pero el desarrollo de las fuerzas productivas no es el objetivo de la revolución.
La finalidad de ésta es la eliminación de la lucha de clases. Y, también, no olvidemos que luchamos para ser felices”.
PARAISO EN LA TIERRA
Planteado así el objetivo parece inalcanzable -contaminado con la idea religiosa del paraíso en la tierra-, por lo cual es necesario precisar su formulación.
“Sería algo inverosímil. El comunismo es una sociedad en que será posible la felicidad pero en la cual no todo el mundo va a ser feliz en el sentido habitual del término. Precisemos. El comunismo será una sociedad en la cual para ser feliz no hará falta cambiar las estructuras de la historia, en la cual la felicidad será un problema intersubjetivo, no social ni económico. El comunismo es una sociedad en que no todos sabrán todo de todo -el supuesto de la absoluta transparencia de los actos sociales- a fin de facilitar la coordinación. Habrá misterios, pero esos misterios podrán resolverse sin que se requiera cambiar las estructuras históricas.
Lo que me interesa es una idea post ilustrada del comunismo, que no esté amarrada a abstracciones como ‘la voluntad general’, ‘la felicidad general’, abriendo paso a la información, a la comunicación, a la mayor diversidad. Necesitamos que nuestras vidas no dependan del trabajo, que el tiempo que le dedicamos al trabajo socialmente obligatorio no sea significativo en el conjunto de la vida de manera que la mayor parte de nuestro tiempo sea ocupado por trabajo libre que permita humanizar el trabajo socialmente obligatorio. Lo notable de este tiempo, es que eso es ahora mismo absolutamente posible desde el punto de vista técnico. Existe la posibilidad tecnológica de crear una sociedad en que exista intercambio pero no mercado, que haya intercambio de valores no equivalentes y no necesitemos expresar todos los valores en la abstracción dinero, en que no necesitemos la reciprocidad de la equivalencia para que los valores sean legítimos. Ese posible intercambio auténticamente humano no es -repito- un problema tecnológico. Es un problema político”.
TRABAJADORES: LA FUERZA REVOLUCIONARIA
En esa visión, ¿qué papel asigna usted a los trabajadores como fuerza revolucionaria?
“Si se trata de la política concreta y no de la argumentación que lleva a esas conclusiones, pienso que la fuerza revolucionaria que puede construir el comunismo son los trabajadores y pienso que ellos no son los más pobres de la sociedad. ¿Por qué? Una revolución en el fondo no es más que toma del control de las relaciones de producción por parte de los productores directos. Y los únicos productores directos que pueden asumir el control de la división social del trabajo son los trabajadores, no los que no trabajan.
Como nunca logramos entender la cualificación progresiva del trabajador a medida que iban aumentando las técnicas y su complejidad, se inventó el idiotismo de la ‘aristocracia obrera’ y como dejamos de entender la tendencia integradora que tuvieron los obreros industriales en el siglo XX, los marxistas empezaron a razonar en función de los ‘pobres’, los ‘marginados’, los pobres del campo y la ciudad. Empezaron a desplazar el sujeto revolucionario desde los trabajadores hacia los que aparecían con el dinamismo político suficiente como para tomarse el poder, entendiendo el poder como la toma del gobierno. Agregando después a los negros, a los indígenas, a las mujeres, o sea pensando más en ámbitos de resistencia y conflicto que en la revolución. Es claro que los pobres pueden iniciar una revolución pero no hacer una revolución. Los asalariados, los trabajadores son los que pueden hacer la revolución.
Nuestro problema político es que ellos -los asalariados- no son los más pobres y por lo tanto no son los más interesados -por decirlo así- en cambiar la dominación social de manera inmediata. Pero sí esos trabajadores tienen contradicciones con el sistema que debemos reconocer y ser capaces de transformar en conductas políticas.
Otro de los idiotismos que inventó el marxismo clásico para dar cuenta de esa situación anómala: que los obreros adscribían más fácilmente a las políticas reformistas que a las revolucionarias. Fue otro idiotismo político: la ‘clase media’. Y la gente asumió el mote, diciendo ‘la clase media’ para referirse a los trabajadores. Ahora con la precarización del trabajo la barrera se ha hecho todavía más difusa. Por ejemplo, las industrias textiles se reparten en microtalleres en que cada trabajador en el fondo se explota a sí mismo y a su familia y en el fondo es hasta un capitalista, un propietario de medios de producción. Hemos llamado ‘capas medias’ a lo que no entendemos de los trabajadores. Creo que hay que hacer política revolucionaria pensando también en esas capas medias y no en los más pobres”.
¿Cuáles son esas contradicciones fundamentales a que usted alude y que pueden movilizar a los trabajadores?
“Ahí es donde tenemos que ver lo que ocurre con el consumo. Mi idea es que la satisfacción que proporciona el consumo es frustrante. En la medida que hay más consumo y en la medida que ese consumo produce más agrado, genera también frustraciones que deben ir en contra del sistema.
Creo que esa contradicción está fundada en que a su vez hay una contradicción entre estándares de vida locales y la degradación global del estandar de vida. Cada día es más fácil tener auto en una ciudad donde ya no se puede andar en auto. Cada día es más fácil ir a la playa que está cada vez más contaminada o ir al campo que tiene cada vez menos árboles. Esas contradicciones -a las que se pueden agregar muchas otras, como el agujero de la capa de ozono, la contaminación atmosférica y un interminable etcétera-, son de muy largo alcance, y no los vemos en su significado real ni las sabemos convertir en acción política.
Para algunos también es importante la falta de reconocimiento al trabajador, que aunque reciba remuneraciones relativamente satisfactorias siempre está en situación subordinada y se ve como víctima de trato desconsiderado. Eso existe, pero hay que tener cuidado con los políticos posfordistas, toyotistas, de manejo de la fuerza laboral. Los medios altamente tecnológicos requieren del compromiso subjetivo del trabajador con ellos. Los fallos laborales se traducen en pérdidas considerables. Una secretaria de una AFP no se puede equivocar al digitar una cuenta que significa 40 ó 50 millones de pesos. Las empresas tienen departamentos de personal dedicado a crear espíritu corporativo que produzca en los trabajadores la subjetividad adecuada a la intensidad tecnológica del trabajo, que es, en el hecho, también solidaridad con la empresa. Me parece que ése es un problema político esencial. Si los departamentos de personal empiezan a cooptar a los trabajadores con políticas toyotistas, los que pueden hacer la revolución van adquiriendo un compromiso subjetivo con el sistema.
En ambos casos, consumo y reconocimiento, hay que entender los fenómenos para sacar las adecuadas consecuencias políticas. Pienso que hay, en todo caso, una contradicción muy profunda entre el aumento del estandar de vida y la disminución de la calidad de vida”
HERNAN SOTO
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